Una abuela enseñó a su nieto las siguientes cualidades en esta fábula de Paulo Coelho. Primera cualidad: Puedes hacer grandes cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una Mano que guía tus pasos. A esa Mano la llamamos Dios y Él debe conducirte siempre en dirección de Su voluntad, “…para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:2). Segunda cualidad: De vez en cuando necesitas dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso el lápiz sufre un poco, pero al final está más afilado.
Por tanto, has de saber soportar algunos dolores, porque te harán ser una persona mejor, “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2ª Tim. 2:3). Tercera cualidad: El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia, “…pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta…” (Fil. 3:13, 14). Cuarta cualidad: Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto, cuida siempre lo que ocurre dentro de ti, “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Prov. 4:23). Por último, la quinta cualidad del lápiz: Siempre deja una marca. Del mismo modo, has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas tus acciones, “…descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Ap. 14:13b).

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