Me hinqué a orar, pero no por mucho tiempo. Tenía muchas cosas que hacer. Esto no es para mí, no puedo perder el tiempo, me tengo que apurar pues muchas cosas hay que terminar. Y mientras decía una oración apurado, salí corriendo de mi deber cristiano. Estaba hecho, mi alma podía estar tranquila pues domingo a domingo iba a mi congregación.
Ya, durante el día, no pude decir una palabra de alegría, no tuve tiempo para hablar de Cristo a mis amigos, pues temía que se rieran de mí. “Demasiadas cosas que hacer”, esa era mi exclamación constante, “no tengo tiempo”, “no tengo tiempo”, “no tengo tiempo”.
No tengo tiempo para formarme, no tengo tiempo para darme a mis amigos y sin darme tiempo, se me acabó el tiempo. Y me llegó el tiempo de morir. Y cuando ante el Señor estuve, Él estaba de pie y en su mano tenía un libro, era el libro de la vida
Me miró con tristeza y me dijo, “No puedo encontrar tu nombre, alguna vez lo iba a anotar, pero no tuve tiempo”
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