Parecía que la calma había vuelto a nuestro hogar. Mi vida, cuál arbolito, había sido azolada por el viento, podadas sus ramas, pues había pasado por una variedad de pruebas. Pero no era todo, faltaba el examen final.

Seis meses después detonas la pruebas que había pasadazo, uno de mis hijos se enfermó gravemente, a tal punto que llegó al estado de coma. La muerte se asomaba a su vida y el dolor y la angustia se apoderaron de mi ser.

Humanamente, se estaba haciendo todo lo necesario, pero no era asunto de médicos sino de Dios. Él decidiría si se lo llevaba o si se quedaría todavía. Por mucho que amaba a mi hijo no podía aferrarme a él; mi llanto no lo iba a retener. Sentía que no podía pelear con mi Dios y tenía que renunciar a mi hijo.

Con lágrimas oré al Señor y le dije:

“Hágase tu voluntad en mi hijo. Su vida está en tus manos; que sea lo que Tú quieras”.

Pensé en la esperanza que tenemos los hijos de Dios, que un día nos veremos todos en su presencia. Al instante algo pasó dentro de mí. La angustia y el dolor desaparecieron y una paz inundó mi ser. El Señor decidió que mi hijo se quedara todavía y que se recuperar milagrosamente.

Creo que Dios quería enseñarme una gran lección: la capacidad de renunciar a lo que amaba. No interés cuál sea el objeto de nuestro amor – el esposo, nuestros hijos o el trabajo -, no podemos aferrarnos a ello como algo eterno. Nuestros seres queridos son propiedad de Dios y en su momento él los reclamará.

Oración:

Señor, dame tu gracia para renunciar a todo lo que me pidas porque todo es tuyo.
Sara de Cortázar

Tomado de la Biblia Devocional para la Mujer
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