“Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis”, Ez. 37:5

 Después de esto, Jehová le dio a Ezequiel una revelación sobre cómo ocurriría esto. Tomó al profeta y le dio la visión del valle de los huesos secos. En esa visión, Ezequiel tuvo una experiencia en la que se enfrentó a las condiciones reales de sus compatriotas y a lo que Dios iba a hacer con ellos.

El Espíritu de Jehová le mostró a Ezequiel el valle de los huesos secos y le hizo caminar en medio de ellos. Los huesos estaban dispersos, desconectados y secos en gran manera. Luego el Señor le pregunta: “¿vivirán esos huesos?”. El Señor quería saber si verdaderamente el profeta creía que podían volver a la vida.

Ezequiel responde: “Señor Jehová, tú lo sabes”. Como si le hubiera dicho: “no pueden vivir sin ti, Señor, sólo tú puedes volverlos a la vida”. Entonces le dio la orden de que profetizara a los huesos. Ezequiel obedeció y mientras profetizaba, los huesos secos comenzaron a reunirse.

Luego crecieron tendones en ellos, y después carne y piel; el resultado fue un valle de cadáveres a los que sólo les faltaba el aliento para volver plenamente a la vida. Para ello, el Señor le dijo a Ezequiel que le ordenara al Espíritu que llegara de los cuatro vientos y soplara sobre los muertos. Cuando el profeta lo hizo, volvieron a la vida y permanecieron en pie como un ejército, ¡se había producido una resurrección de los muertos! Después, en los v. 11 al 14, el Señor le aclara a Ezequiel lo que significa la visión (leerlo).

Hay dos cosas cruciales que esta visión nos comunica a nosotros:

1-   ¡Reconoce los huesos!: los huesos eran Israel en la visión; para nosotros es, que podemos estar espiritualmente muertos, aunque estemos físicamente vivos si se extingue la paciencia o la capacidad de esperar, se enfría nuestro amor a Dios y a los demás, y si nuestra fe se convierte en un hábito o en un deber aburrido. Con frecuencia somos como Israel en el exilio: nuestra fe se reduce a ritos y rituales que nos llevan a una vida hueca y aburrida. El resultado es el fingimiento. Debemos tomar conciencia de nuestros huesos secos y admitir que necesitamos que el Espíritu Santo nos llene. Cuando las cosas secundarias o temporales estorban nuestra intimidad con Dios, comenzamos a morir.

2-   ¡Repúdialos!: necesitamos un nuevo corazón para recibir Su Espíritu vivificante. En la visión los huesos se reunieron; los esqueletos recibieron tendones y carne, pero no hubo nueva vida hasta que no sopló su Espíritu sobre ellos. La entrega total es el preludio de la resurrección de los huesos muertos.

Si nuestro corazón se ha endurecido hasta la muerte, Dios lo puede cambiar por uno de carne

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