La filosofía del mundo en relación a la libertad enseña que ésta es la capacidad de obrar de una u otra manera, o de no obrar. Eres una persona libre cuando eres capaz de hacer y no hacer al ejercer tu voluntad, con independencia de los efectos de dicha decisión. E. Kant habla de la libertad en términos de autodeterminación y otros escritores abundan en sus teorías afirmando que somos libres por naturaleza porque no estamos sujetos a la dictadura de nuestros apetitos. Otros filósofos enseñan que nadie es realmente libre sino que todos estamos atados a cargas subconscientes y culturales, y que sólo respondemos de acuerdo a las predisposiciones de nuestra educación.

Sin embargo, en ambas posturas (libres para decidir o simplemente programados) estas doctrinas de la libertad no terminan de explicar el fenómeno de la rebeldía, porque aún en aquellos de los cuales se afirma que viven atados a la sociedad y sus reglas se encuentra siempre presente la semilla y el fruto de la rebelión, la inconformidad y la oposición a la autoridad, cualesquiera que sea la naturaleza de la misma. El ser humano no sólo se opone a la tiranía y a la injusticia, sino que también se opone a las cosas que le pueden reportar algún beneficio o que pueden desarrollar sus capacidades (como ocurre, por ejemplo, en aquellos que se niegan a ir a la escuela a estudiar, o los que no quieren ir a trabajar, o los que se niegan a pagar impuestos al Estado).

La iglesia cristiana está fuera del mundo pero dentro del mundo. Está fuera del mundo en tanto que se constituye por personas redimidas por Cristo que ya no participan de las obras de la oscuridad (Efesios 5:11) sino que se oponen a ellas y las vencen (1 Juan 5:4). Pero está dentro del mundo porque la tierra con todos sus elementos, personas e influencias malignas es el ámbito en donde la iglesia realiza su función. Por ello nuestro Señor oraba: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). En este contexto, es inevitable que dentro de las comunidades cristianas se sienta la influencia de las filosofías mundanas sobre la libertad y exista en algunos confusión sobre la autoridad, no sólo de la iglesia, sino más gravemente sobre la misma Palabra de Dios.

El capítulo 13 de Hebreos precisa en los versículos 7 y 17 la voluntad de Dios en relación a la autoridad eclesial (para la autoridad gubernamental véase Romanos 13). El versículo 17 dice con claridad: “Obedeced a vuestros pastores”. Obedecer (Πείθεσθε) aquí no significa seguir ciegamente, sin cuestionar ni reparar en las consecuencias de dicha obediencia, sino que se trata de obedecer por persuasión. Por lo tanto, la obediencia está vículada de forma inevitable con la fe. La persuasión bíblica es diferente de la persuasión de la filosofía mundanal: entre amigos se persuaden mutuamente de que algo es bueno principalmente sobre la base del interés personal, de la ganancia y del menor sacrificio. Esto ocurre también entre cristianos en cosas triviales y pasajeras, como puede ser la compra de un automóvil o la inversión en una casa, pero jamás pasa en relación a la obediencia a Dios y a las autoridades por él constituidas en la iglesia.

El versículo 17 dice “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”. La única forma en que una persona puede cumplir este mandato del Señor es que su sujeción sea producto de su fe. Uno puede fingir un tiempo pero tarde o temprano la obediencia será probada, y entonces se revelará el carácter verdadero de una persona. Esto pasa, principalmente, cuando algún congregante es disciplinado por los pastores o ancianos de la iglesia. La única forma de sujetarse a las autoridades eclesiales en estos casos es por medio del fruto de la fe. Sujetarse (ὑπείκετε) implica ceder bajo la autoridad de otro. La idea sigue a tono con la obediencia por persuasión: un cristiano, por la persuasión que produce su fe, cede su voluntad a la dirección espiritual de los pastores y ancianos de la iglesia. Por ello, las exigencias escriturales para el pastorado son enormes y las advertencias contra la ligereza en los quehaceres de la iglesia por parte de los líderes son extraordinariamente duras.

La reiterada rebeldía de una persona hacia las autoridades de la iglesia es un indicador serio de su condición espiritual. Desde luego, nunca se debe esperar de un pastor o anciano que exiga de los miembros de la congregación alguna acción que contravenga las Sagradas Escrituras (se nos llama a “considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” v. 7), porque en tal caso, no sólo se tiene el derecho de desobedecer sino la obligación de denunciar las obras pecaminosas de dichos ministerios para que la apostasía deje de crecer y expandirse. Esta es quizá una razón por la cual Dios ha querido que las congregaciones no sólo tengan a su disposición la Biblia sino sus libros de orden y gobierno, que no deben ser sino la exposición sistemática de la sana doctrina en cuanto a las responsabilidades, derechos y organización de las iglesias y sus miembros.

El libro de disciplina de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México cita a Juan Calvino en sus primeras páginas y se lee:

Si no hay sociedad ni casa, por pequeña que sea la familia, que pueda subsistir en buen estado sin disciplina, mucho más necesaria a de ser en la Iglesia, que debe mantenerse perfectamente ordenada. Así como la doctrina salvadora de Cristo es el alma de la Iglesia, así la disciplina es como sus nervios, mediante la cual los miembros del cuerpo de la Iglesia se mantienen cada uno en su debido lugar.

Para ello, todos los que desean que no haya disciplina o impiden que se establezca o restituya, bien sea que lo haga deliberadamente, bien por inconsideración, ciertamente estos tales procuran la ruina total de la iglesia.

Por tanto, las nociones de libertad y autoridad del mundo difieren de las nociones de libertad y autoridad de las Santas Escrituras. En la Biblia el concepto de autodeterminación mundanal (como virtud) no existe. La virtud es referida a la perfecta obediencia de Cristo al Padre y ésta constituye el modelo que todo creyente debe seguir. Jesús dijo: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envío, el me dio mandamiento de lo que he de decir , y de lo que he de hablar” (Juan 12:49); en otra ocasión expresó: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Pablo escribió acerca de los extremos de su obediencia:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses: 2:5-8).

Cristo “aprendió obediencia” (Hebreos 5:8) y fue “perfeccionado” -esto es, cumpliendo paulatinamente todo lo que era necesario para salvarnos- por medio de aflicciones (2:10). Por lo tanto, hay que concluir junto con la Biblia que “Es verdad que ninguna disciplina al presente para ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11). Todos los que quieran ser perfeccionados deben crecer cada día en la obediencia a Dios, soportando la disciplina y abrazándola cuando sea necesario si así lo dispone el Señor por medio de las autoridades de la iglesia u otras muchas circunstancias de nuestra vida.

Escrito por: Juan Paulo Martínez
Extraido de: www.semillabiblica.com

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