«Corazones agradables a Dios» 1 | Reflexiones Cristianas

lunes, 23 de enero de 2012

«Corazones agradables a Dios» 1

“…a éste lo envió Dios como gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza”, Hech. 7:35


 

Tener la revelación de Dios en nuestra vida es sumamente importante. La falta de vocación y la ausencia de revelación, son los principales problemas para la plena realización de cualquier disciplina o trabajo. La vocación es una especie de iluminación interna.

Dios nos ha dado una vocación para desarrollar algo en especial; algunos de una manera, otros de otra. El que no tiene vocación para una disciplina no tendrá éxito en lo que emprenda, sea en lo humano o en lo espiritual. No sólo la vocación y la revelación son importantes, también es necesaria la preparación.

La Biblia habla de grandes hombres de fe que tuvieron éxito en sus vidas. Así, nosotros no lograremos el éxito si en primer lugar no somos los hombres o las mujeres para esa determinada función que estemos realizando.

¿Desde cuándo anhelamos el éxito? ¿Lo hemos alcanzado? Tenemos que retomar primero la iluminación (vocación) que se necesita para alcanzar el éxito. Esa iluminación estuvo presente en los grandes hombres de fe de la Biblia. Cuando los frutos que estamos obteniendo como producto de nuestro trabajo no van acordes a lo que se nos encomendó, es porque no hemos comprendido cuál es nuestra vocación dentro de nuestra tarea.

Tenemos un ejemplo de esto en la Parábola de los talentos (Mat. 25:14 – 30); a un siervo se le dio un talento para que lo trabajara, pero este hombre hizo un hoyo en la tierra y lo escondió. Tiempo después, se le pidió cuentas sobre su talento, pero no pudo entregar resultado alguno (fruto). Sabía que se le iba a demandar algo a cambio, pero no tenía la capacidad para realizar su trabajo. El fruto evidencia la clase de vocación que tuvimos. El hombre de la parábola tenía el conocimiento, pero no tenía la iluminación (revelación) en el corazón para hacer lo que sabía que tenía que hacer.

El común denominador en los hombres de fe de la Biblia fue la confrontación que tuvieron entre Dios y sus propias capacidades internas. Moisés esperó 40 años para realizar su labor. Juan el bautista esperó 30 para actuar. Ambos se estuvieron preparando todo ese tiempo.

En Hech. 7:31 – 35 y Éx. 7, vemos que Moisés tuvo un encuentro con Dios; Moisés se rehusaba a obedecer a pesar de toda la revelación divina que tuvo (la vara reverdecida y la mano leprosa), pero no era por rebeldía. Era plena conciencia de la responsabilidad que se le estaba encomendando. Él pensaba en la oposición del faraón y en las luchas que tendría al confrontarlo; pero todo lo pudo llevar a cabo porque tenía un llamado, una vocación, una revelación y una preparación.

 Continuación…